
El otro día leí este contenido en La Vanguardia que me resultó imposible pasar por alto. No porque revelara algo completamente nuevo, sino porque confirmaba algo que llevábamos tiempo imaginando: que la tecnología acabaría siendo utilizada, también, para amplificar las violencias de siempre. La diferencia es que, cuando la ficción se convierte en realidad, el impacto siempre es más crudo de lo que anticipamos.
Escribir sobre esto me nace de una mezcla de indignación y responsabilidad: indignación por la facilidad con la que se cosifica y vulnera a personas; y responsabilidad porque, como comunicadora, creo que informar y orientar sobre cómo actuar puede marcar la diferencia para quienes se enfrentan a estas violencias digitales.
Los deepfakes sexuales se han convertido en una forma de violencia digital cada vez más común —especialmente contra mujeres y menores— y sus efectos no son “virtuales”: afectan a la reputación, la salud mental, la vida laboral y la sensación de seguridad de quienes los sufren.
Si eres víctima de un deepfake, es importante saber algo desde el principio: no estás exagerando, no es una broma y no es tu responsabilidad. Actuar rápido puede marcar la diferencia, pero también es clave hacerlo sin exponerte más ni asumir cargas que no te corresponden.
1. Prioridad absoluta: que el contenido deje de circular
El primer objetivo no es identificar al culpable ni “ganar” una batalla legal, sino reducir el daño lo antes posible.
En España, existe un mecanismo clave: el Canal Prioritario de la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) para la retirada urgente de imágenes sexuales o violentas difundidas sin consentimiento. Este canal permite solicitar la eliminación rápida del contenido cuando hay una vulneración grave de derechos.
Paralelamente, es importante denunciar la imagen directamente en la plataforma donde se esté difundiendo. Aunque los sistemas de moderación sean lentos o imperfectos, dejar constancia es relevante tanto para la retirada como para posibles acciones posteriores.
2. Conserva pruebas, pero sin revictimizarte
Uno de los errores más habituales es pensar que hay que documentarlo todo de forma exhaustiva. No es así.
Para preservar pruebas basta con:
- capturas donde se vea claramente la URL,
- la fecha,
- el usuario que publica,
- y el texto que acompaña a la imagen.
No es necesario guardar la imagen en múltiples dispositivos ni revisarla una y otra vez. Si existen amenazas, acoso o intentos de extorsión, esas comunicaciones sí deben conservarse íntegramente.
Protegerte también implica no exponerte más de lo imprescindible.
3. Deepfakes y menores
Si las imágenes representan a menores, incluso cuando han sido generadas o manipuladas digitalmente, pueden constituir un delito de pornografía infantil. Aquí no hay zonas grises.
En estos casos, además de la retirada urgente del contenido, es fundamental acudir a las autoridades y activar todos los canales de protección disponibles. La generación artificial no elimina la gravedad del delito.
4. Vías legales: no todo es penal (pero sí perseguible)
Aunque muchos deepfakes sexuales no estén aún tipificados específicamente en el Código Penal, eso no significa que no se pueda actuar.
Existen:
- Vías civiles, por vulneración del derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen;
- Vías administrativas, cuando hay infracciones de la normativa de protección de datos.
Estas vías pueden permitir la retirada del contenido, sanciones a los responsables y, en algunos casos, indemnizaciones. Es cierto que implican tiempo y desgaste, y por eso es importante valorar cada paso con asesoramiento especializado.
5. Apoyo técnico y acompañamiento: no lo gestiones sola
La violencia digital tiene efectos psicológicos reales: ansiedad, miedo, vergüenza, alteraciones del sueño, desconfianza y sensación de pérdida de control. Buscar apoyo no es exagerar ni “dramatizar”.
Existen recursos específicos:
- el 017 del INCIBE, servicio gratuito y confidencial de ayuda en ciberseguridad;
- plataformas como StopNCII, que permiten generar una huella digital de imágenes íntimas para evitar su redistribución sin subir el contenido;
- servicios y líneas especializadas en violencias digitales y machistas que ofrecen orientación y acompañamiento.
El daño no es solo legal o técnico. Y la respuesta tampoco debería serlo.
6. Lo que no deberías tener que hacer (pero muchas víctimas acaban haciendo)
Hay algo importante que también conviene decir: no deberías tener que justificar por qué esa imagen te afecta, ni demostrar que eres una “buena víctima”, ni aceptar que te digan que “no es real” o que “hay cosas peores”.
La banalización es una segunda forma de violencia. Minimizar lo que ocurre, trasladar la responsabilidad a quien lo sufre o tratarlo como un daño colateral inevitable de la tecnología sólo perpetúa el problema.
7. El problema no es individual, es estructural
Aunque la actuación inmediata recaiga en la víctima, la responsabilidad no es solo suya. Las plataformas, los diseños tecnológicos y la falta de barreras efectivas forman parte del problema.
Cuando una herramienta permite crear y difundir deepfakes sexuales de forma rápida, anónima y escalable, no estamos ante un mal uso aislado, sino ante un fallo de diseño.
Además, si una usuaria decide denunciar, la responsabilidad no recae únicamente en quien crea o difunde el contenido. Las plataformas también pueden ser responsables cuando no informan adecuadamente del uso de estas tecnologías, no exigen distinguir entre ficción y realidad o no actúan con rapidez ante contenidos ilegales.
La Ley de Servicios Digitales de la UE ya obliga a garantizar transparencia, mecanismos eficaces de retirada y a mitigar los riesgos derivados del propio diseño de los servicios. Por eso, cuando el sistema facilita la violencia, el problema ya no es solo quién lo usa mal, sino cómo está construido.
Para terminar: actuar rápido, pero sin cargar con la culpa
Ser víctima de un deepfake no es una consecuencia de exponerse en redes, ni de “no haberse protegido lo suficiente”. Es el resultado de un entorno digital que sigue tratando la violencia sexual como un daño menor cuando ocurre online.
Actuar rápido ayuda. Informarse ayuda. Pedir apoyo ayuda. Pero la culpa no es —ni debe ser nunca— de quien lo sufre.
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